17 June 2006
Entre el miedo y la esperanza
Mass media - Articles XSM
La Vanguardia
  
 

Tags: Catalunya

Los economistas tenemos la tendencia a ver el mundo como el equilibrio de ofertas y demandas. El que fuera secretario del tesoro norteamericano (que también fue profesor mío en Harvard, dicho sea de paso) Larry Summers, propuso mirar las cosas desde otra perspectiva, la que surge de la dialéctica constante de dos emociones contrapuestas: la esperanza y el miedo (o el positivismo y el negativismo o la confianza y el pánico). Una lucha de sensaciones que si no se balancean acaban teniendo graves consecuencias.

A corto plazo, algunos humanos se comportan con una exuberante confianza o, al menos, con un deseo superlativo de que las cosas vayan bien, excesos que les impide ver las cosas tal como son. Al menos eso parece en aquellos mercados que han dado lugar a burbujas especulativas. Muchos de los que perdieron cantidades ingentes de dinero al explotar la burbuja de las “puntocoms” en el año 2000 pasaron a invertir en el sector inmobiliario. Sus ansias positivas les impidieron en su día ver que la bolsa podía caer en picado del mismo modo que les impide ver hoy el riesgo de su inversión: “el ladrillo es seguro y nunca baja”, aseguran. La realidad es, sin embargo, que el mundo está lleno de ejemplos que demuestran que eso no es verdad. Pero la evidencia empírica no sirve para los que tienen el virus de la confianza desmesurada.

Otro ejemplo: la bonanza que ha experimentado a España recientemente está generando un exceso de optimismo entre los líderes políticos que les impide ver los graves problemas estructurales (sobre todo de competitividad) que acechan a la economía española a medio y largo plazo. El positivismo desmesurado vuelve a ofuscar la visión... e impide que se tomen las decisiones necesarias para solucionar el problema.

Curiosamente, en el largo plazo las cosas tienden a invertirse. El miedo desproporcionado a la globalización no deja ver lo bueno que hay en ella y eso lleva a algunos pueblos sudamericanos a elegir líderes populistas que acabarán arruinando a sus países. El irracional pánico a la integración de China e India al mundo económico desarrollado (que seguramente es el fenómeno económico más importante y positivo que ha vivido la humanidad desde el amanecer de la revolución industrial) provoca que nuestras autoridades intenten imponer barreras y sanciones, con los perjuicios que todas esas políticas conllevan. El horror irracional a un hipotético cambio climático obliga a muchos gobiernos a suscribir protocolos y seguir políticas energéticas con costes extravagantes. El pavor que nos causa el desconocido mundo del Islam lleva a algunos estados a adoptar medidas preventivas antidemocráticas que a veces rozan la violación de los derechos humanos. La aprensión que nos provoca la inmigración de personas que no son de nuestra raza ni practican nuestras religiones nos lleva a acusar falsamente a grupos de extranjeros de los males que tiene nuestra sociedad.

Supongo que forma parte de nuestra naturaleza el reaccionar de forma desmesurada (positiva o negativamente) ante fenómenos desconocidos. Pero no todo es culpa de la naturaleza humana. A veces las reacciones son exageradas  porque grupos interesados difunden información intencionadamente falsa. Por ejemplo, desde estas páginas he criticado a menudo que algunos grupos ecologistas anuncian falsamente grandes cataclismos cada vez que llueve y cada vez que no llueve, cada vez que hace frío y cada vez que hace calor. También he descrito las falsedades que los lobbies industriales ineficientes de Europa y Estados Unidos divulgan para que sus gobiernos respectivos les “protejan” de la competencia de los países pobres.
Lo que nos lleva al tema del Estatut, un Estatut que algunos de ustedes van a votar mañana en referéndum. Un Estatut que también es fruto del desequilibrio entre un positivismo y un negativismo intencionadamente exagerados. Exageran los que vaticinan la desintegración de España. Exageran los que dicen que este Estatut nos va a traer la felicidad, la sostenibilidad y montañas de dinero. Exageran los que dicen lo contrario y auguran consecuencias catastróficas para Catalunya y sus finanzas. Exageran los que dicen que es lo mejor que se podía conseguir. Exageraron los que prometieron algo que nunca tuvieron intención de cumplir. Exageraron los que anunciaron que debíamos actuar ahora porque, gracias a una curiosa alineación astral, en el gobierno de España había buenos amigos. Exageraron esos amigos cuando pasaron el cepillo del carpintero y, al presumir de ello, se mofaron de todo un país. Exageraron los que empezaron el proceso como arma arrojadiza. Exageraron los que aceptaron rebajas para esquivar esa arma. Exageran los que, tras intentar tomarnos el pelo con “sis críticos” y “votos nulos políticos”, ahora presumen de ser los más demócratas simplemente porque se han visto acorralados por sus propias intrigas internas. Exageraron los que intentaron utilizar el país para ponerse una medalla con la que pasar a la historia. Y exageran los que incitan a la confrontación de los pueblos y escupen la palabra nazi para esconder una alarmante debilidad intelectual y una repugnante bajeza moral.

El camino que ha dado vida al Estatut ha sido tortuoso, triste y decepcionante. Sería bueno que pasado mañana empezáramos un proceso de reflexión sobre lo ocurrido. Sería bueno… pero no pasará. Mucho me temo que, tras el día 18, seguirá la batalla por fomentar el nefasto desequilibrio entre el miedo y la esperanza.

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