10 January 2006
El Oráculo de Delfos
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La Vanguardia
  
 

Tags: Freakonomics

Zeus soltó a dos águilas desde los dos extremos de la tierra y éstas, volando a la misma velocidad, se cruzaron en Delfos, señalando así el centro de la tierra. Allí situó una piedra llamada onfalos (ombligo) y consagró un templo en honor a su esposa Gea. Su hijo Apolo luchó en aquel lugar contra una monstruosa serpiente pitón. Tras derrotarla, construyó allí su oráculo. Peregrinos de toda Europa acudían al Oráculo de Delfos para que se les leyera el futuro. Apolo les hablaba a través de una vidente llamada Pitonisa (en honor a la derrotada serpiente pitón). Tras recoger las preguntas de los visitantes, Pitonisa se inclinaba sobre una grieta de la que emanaba agua sagrada y, tras inhalar los vapores divinos, entraba en una especie de trance y emitía sonidos incoherentes que los sacerdotes del lugar interpretaban para el cliente. Éste, tras pagar la tarifa pertinente, recibía la respuesta en forma de verso.

El éxito del Oráculo de Delfos se debía en gran medida al hecho de que normalmente las predicciones eran tan suficientemente vagas que raramente se incumplían. La incapacidad de hacer predicciones serias, sin embargo, quedó demostrada cuando el templo fue destruido por un maremoto que los sacerdotes no pudieron anticipar.

Explico todo esto porque durante los primeros días de cada año recibo docenas de invitaciones (televisiones, radios, periódicos, almuerzos empresariales, revistas y emails de algunos de ustedes) instándome a hacer pronósticos sobre la bolsa, la inflación, los tipos de interés, la burbuja inmobiliaria, el dólar o la tasa de crecimiento de la economía mundial durante el año que empieza. Y es que todavía son muchos los que creen que los economistas somos profetas. Nada más lejos de la realidad.

Es cierto que para tomar algunas decisiones –por ejemplo, para hacer un presupuesto- se tiene que hacer previsiones de ingresos y gastos futuros y que esas previsiones van a depender de las circunstancias económicas que rodean a la empresa, el gobierno o la familia que está haciendo el presupuesto. Y sí, también es cierto que los expertos se han inventado diferentes métodos estadísticos (ellos los llaman “econométricos”) para hacer predicciones económicas. El problema es que sólo funcionan cuando las cosas no cambian demasiado. La razón es que todos los modelos econométricos de previsión utilizan los datos del pasado para vaticinar el futuro. Y, como ya he indicado en alguna otra ocasión, eso es como conducir un coche mirando por el retrovisor: si la carretera es recta y no giras el volante, no pasa nada y todo el mundo piensa que sabes lo que haces. Ahora bien, si giras cuando no hay curva o tiras recto cuando la hay, te vas directo a la cuneta y la gente se ríe de tu incompetencia. Eso exactamente lo que pasa con los modelos econométricos de predicción, por más sofisticados que sean.

Miren, si no, lo que predijo la prestigiosa revista británica Economist en su famoso anuario de principios de 2005: Los grandes desequilibrios comerciales y financieros de los Estados Unidos harán que, al acabar el 2005, el precio del dólar sea significativamente más bajo que al principio del año. En el 2005 habrá una ralentización substancial de la actividad económica. No habrá un gran colapso a no ser que haya un shock realmente pernicioso como que el precio del petróleo subiera hasta 70 dólares el barril. Toda un fantástico racimo de elucubraciones hechas con toda la seriedad del mundo. Problema: durante el 2005 el dólar no bajó sino que subió más de un 15% y la economía mundial no mostró señales de ralentización sino que creció a un 4,7% y no sufrió el anunciado colapso a pesar de que el barril de petróleo alcanzó los 70 dólares en Agosto.

El ridículo del 2005 no ha impedido que la misma revista publique el anuario del 2006 donde, curiosamente, se vuelven a mencionar los desequilibrios norteamericanos y el elevado precio del petróleo como probables causantes de la desaceleración económica que vamos a sufrir durante el año que ahora comienza. Además de esos dos factores de riesgo, se comenta que China puede dejar de comprar deuda norteamericana y pasar a comprar bienes por todo el mundo (como ya hicieron los japoneses en los ochenta). Si lo hacen, el gobierno de los Estados Unidos pasaría a competir con las familias americanas a la hora de pedir créditos, cosa que haría subir aún más los tipos de interés mundiales. Eso repercutiría negativamente en millones de hogares de todo el planeta que están endeudados hasta las orejas con créditos hipotecarios a tipo de interés variable. Al no poder pagar las hipotecas, los bancos y las cajas se quedarían montañas de casas que luego malvenderían, el precio de la vivienda caería en picado y explotaría la burbuja financiera que, siempre según el Economist, existe en Estados Unidos y muchos países de Europa…entre los que destaca España.

¿Acabará sucediendo todo esto? Pues no tengo la más mínima idea. Mi trabajo como economista no es el de adivinar el futuro sino el de diagnosticar problemas económicos y encontrar e implementar soluciones. Lo que sí se seguro es que las predicciones que los medios de todo el mundo están haciendo estos primeros días del año, o bien son de una vaguedad que las hace inútiles, o bien deben ser tomadas con extrema precaución. La misma precaución que tendríamos si, en lugar de venir de complicados modelos econométricos, provinieran de una bola de cristal, del ternplum mágico de un druida celta o de los vapores sagrados del Oráculo de Delfos.

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