17 August 2005
Si Katrina hubiera pasado por Barcelona
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La Vanguardia
  
 

Tags: Capitalism | International | Mediambientalisme | United States

Nueva Orleáns, 1 de septiembre de 2005. A pesar de que las autoridades han ordenado evacuar la zona, miles de ciudadanos permanecen en sus casas. A las 6 de la mañana, el huracán Katrina alcanza la costa pero un cambio de rumbo de última hora evita el choque directo con la ciudad. El alcalde se siente afortunado… pero no sabe que lo peor está por llegar: los diques de contención del lago Ponchartrain han sido dañados y la urbe se sitúa unos metros por debajo del nivel del agua. 24 horas después, se abre en ellos una enorme brecha que anega la ciudad entera y causa centenares, quizá miles de muertos. Como casi todas las catástrofes, Katrina saca a relucir lo mejor y lo peor de la naturaleza humana.

Entre lo peor se encuentra la incompetencia del presidente Bush (republicano), la gobernadora del estado de Louisiana y el alcalde de Nueva Orleáns (ambos demócratas). Entre unos y otros, ni evacuaron a todos los ciudadanos, ni supieron rescatar a las víctimas a tiempo, ni consiguieron imponer la ley y el orden hasta pasados muchos días. Más importante todavía, a pesar de que hacía décadas que los expertos advertían del envejecimiento de los diques de contención, no hicieron nada para repararlos. En el otro plato de la balanza, lo mejor está representado por los gobernadores de los estados vecinos, liderados por el de Texas, que acogieron y socorrieron a los damnificados con cargo a sus presupuestos.

La cara buena la representan también los otros políticos norteamericanos que, a diferencia de los de otras latitudes, tienden a aparcar temporalmente sus diferencias cuando se enfrentan a situaciones catastróficas. Y así lo hicieron también en esta ocasión. En el polo opuesto están los extremistas de siempre –norteamericanos y europeos - que no dejaron pasar la oportunidad para criticar la política exterior de Bush. Incapaces de analizar el mundo sin el estrechísimo prisma de Irak, insisten en que si no se hubiera declarado la guerra, se habría dedicado el dinero a reparar los diques. Como si fuera razonable pensar que, justo ahora, los políticos hubieran utilizado el dinero de la guerra para hacer unas reparaciones que hacer décadas que se reclaman.

En el lado bueno se sitúan aquellos ciudadanos que arriesgaron sus vidas para salvar a los que se encontraban atrapados en sus casas. En el malo, los despreciables señores que aprovecharon el caos para saquear todo lo que pudieron.

Positivos son los servicios meteorológicos que nos advierten con antelación del dónde y cuándo de los grandes ciclones en todo el mundo. Y esta vez no fue una excepción. La cara negativa de la misma moneda es aquello de Pedro y el lobo: al haber tantos avisos de tantas tormentas que no acaban produciendo tan grandes tragedias, la gente acaba desoyendo las órdenes de evacuación…y entonces es cuando se produce el desastre. Hablando de meteorología, negativa fue la aparición de los sacerdotes del calentamiento global que, una vez más, aprovecharon para predicar aquello del cambio climático y criticar a Bush por no haber firmado el protocolo de Kyoto. Dijeron que Katrina era otra demostración de que las tormentas son cada día más devastadoras. Además de que un solo episodio nunca demuestra una teoría, la verdad es que en este caso, ni siquiera es cierto que Katrina era una tormenta anormalmente fuerte: era un huracán de categoría 4 en la escala de Zaffir-Simpson que va del 1 al 5 (entre ustedes y yo: a lo largo del siglo XX se registraron al menos 23 tormentas de categoría 5 sólo en el Atlántico). El daño, pues, no fue consecuencia tanto de la extremada fuerza del huracán como de las inundaciones que causó el desmoronamiento de los diques. Por cierto, ¿realmente alguien piensa que si Bush hubiera aceptado Kyoto en el año 2000, Katrina se habría evitado?

Finalmente, entre lo peor se encuentran la cara de felicidad detectada en algunos presentadores de noticiarios españoles y los comentarios de ciertos eunucos intelectuales antiamericanos que justificaron la desgracia ajena apelando a una supuesta arrogancia estadounidense y aprovecharon para despotricar contra las supuestas injusticias de esa sociedad. Sí. Es cierto que las imágenes de la TV muestran que las víctimas son mayoritariamente de raza negra. Pero eso no es prueba de nada ya que… ¡el 80% de la población de Nueva Orleáns es de raza negra! Sí. Es cierto que algunos de los que desobedecieron las órdenes de evacuar la zona eran pobres sin coche y también es cierto que, en América, la gente de ingresos bajos tiende a tener menos coches que los ricos. Pero eso no demuestra una mayor injusticia social americana porque… ¡en Europa pasa lo mismo! ¿O es que el estado del bienestar regala coches a los pobres? Más bien al contrario: dificulta su compra a través de exagerados impuestos por lo que, según ese burdo argumento, si hubiera una sociedad injusta con sus pobres por no proporcionarles coches para huir de las catástrofes sería, precisamente, ¡la sociedad europea!

Y finalmente, sí, es cierto que los gobiernos actuaron con incompetencia extrema. Pero ni la ineficacia de los políticos es monopolio norteamericano (y no hace falta ir muy lejos para comprobarlo), ni la ineptitud del gobierno de un país justifica celebrar la desgracia de sus ciudadanos. Ciudadanos que, dicho sea de paso, siempre muestran la cara amable de las catástrofes al ser los que más rápida y masivamente ayudan al mundo cuando éstas se producen. Pregúntense, si no, qué habrían hecho ellos si Katrina hubiera pasado por Barcelona

La Vanguardia

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