17 August 2004
El Show será transparente
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La Vanguardia
  
 

Tags: Freakonomics

Año 48 antes de Cristo. Están los galos celebrando anticipadamente su victoria cuando el magistrado griego les anuncia que la utilización de pociones mágicas para competir en los juegos olímpicos está prohibida. Obélix, que cayó en la marmita de pequeño, no puede participar. Astérix, por su parte, tiene que entrenarse a fondo pero acaba perdiendo ante la disciplina de los espartanos. En la final de consolación, el galo también queda el último. Pero el druida Panorámix ha puesto un colorante azul en la poción mágica que los romanos han robado… y utilizado. Los tramposos son descalificados y Astérix gana el laurel dorado.

Curiosamente, Goscinny y Uderzo no ponen el énfasis de su historieta olímpica en el deporte sino en el dopaje. La reciente polémica de los griegos Kenteris y Thanou y las airadas reacciones de responsables, periodistas y líderes de opinión demuestran que el problema del doping sigue hoy, año 2004 (después de Cristo), estando de moda.

El Comité Olímpico Internacional intenta vender los juegos bajo el disfraz romántico del “espíritu olímpico” en que “lo importante es participar”. Toda una farsa tras la que se esconden unas ansias enfermizas de ganar fama y fortuna a través de las medallas. Ese afán irresistible lleva a algunos a utilizar sustancias químicas prohibidas que mejoran el rendimiento. No hay que decir que si el uso de esos productos es ilegal, las autoridades deben perseguirlo. La pregunta, sin embargo, es: ¿por qué están prohibidas?

En su página web, el COI basa su decisión en tres principios. El primero es que el doping va contra la “ética del deporte”. Aunque no lo especifica, supongo que la ética consiste en “no hacer trampas”. El problema es que este argumento es circular: si el dopaje no fuera ilegal, los atletas que lo usan no harían trampas. Igual que si entrenarse fuera ilegal, los atletas que se entrenan serían poco éticos. Obviamente, éste no sería un buen argumento a favor de prohibir los entrenamientos. Tampoco lo es, pues, a favor de prohibir el dopaje.

El segundo principio del COI es que “el dopaje es perjudicial para la salud de los atletas”. Aunque éste es el mejor argumento a favor de la prohibición, tampoco sirve porque los deportistas (como todas las personas) deberían tener la libertad de meter en su cuerpo lo que más les guste. Es más, el COI no prohíbe otras cosas que son tan o más perjudiciales para la salud como el exceso de entrenamiento. Todos conocemos atletas de élite quienes, después de castigar sus cuerpos durante años, sufren taras irremediables (también conocemos ex-atletas incapaces de trabajar porque en su día abandonaron los estudios). Me acuerdo de esos amigos que, de pequeñitos, se pasaban el día entrenando a tenis, a esquí o a fútbol, y que acabaron con ligamentos, articulaciones, musculaturas o incluso psicologías totalmente lesionadas. Los amigos que se quedaban en el bar bebiendo cerveza son, veinte años más tarde, ¡los que gozan de mejor salud!. Si el objetivo es velar por la salud de los deportistas, ¿por qué prohíbe el COI el uso de substancias dopantes y no todos esos excesos igualmente dañinos?

El tercer principio es que se debe “mantener la igualdad de oportunidades para todos los atletas”. Es decir, los atletas que se dopan tienen ventaja sobre los que no lo hacen y, como eso no está bien, el COI lo ilegaliza. El problema es que la prohibición del dopaje y la incapacidad de controlarlo, no sólo no soluciona el problema sino que lo agrava: los países que pueden investigar y descubrir drogas indetectables para los actuales métodos del COI, lo hacen. Empieza así una carrera la carrera tecnológica entre gatos (jueces) y ratones (atletas tramposos) en la que los deportistas de países pobres tienen todas las de perder. La prohibición, pues, agudiza la desigualdad (no la igualdad) de oportunidades.

Es más, si bien es cierto que los que usan drogas juegan con ventaja, también juegan con ventaja los que utilizan las últimas tecnologías informáticas para evaluar el rendimiento, los que usan mejores zapatillas, raquetas o bicicletas, o los que entrenan en modernas instalaciones deportivas. Si lo que realmente busca el COI es la igualdad de oportunidades, lo que debería hacer es prohibir también esas otras diferencias tecnológicas relacionadas con la renta de los países de origen de los atletas. De hecho, para organizar unos juegos “justos” de verdad, el COI tendría que prohibir que los atletas entrenaran más de dos horas al día y debería obligar a que todos usaran la misma ropa y material y utilizaran idénticos métodos de preparación. Esas olimpiadas “justas” podrían ir más allá e incorporar “baloncesto para gente de menos de metro setenta” (no es cuestión de nos discriminen a los bajitos), “carreras para gordos” (para dar igualdad de oportunidad a los que tenemos tendencia a comer) y “concursos de gimnasia en la que no se permitan ejercicios más complicados que la vertical-puente” (para que los que carecemos de flexibilidad también tengamos nuestra oportunidad de conquistar la gloria olímpica).

Eso… o aceptar que la simple prohibición del dopaje no protege a quien no quiere ser protegido y no garantiza la igualdad de oportunidades y autorizar el uso de todos los productos que mejoran el rendimiento deportivo, ya sean productos químicos, físicos, electrónicos, informáticos o del tipo que sea. Seguramente acabarán ganando los mismos, pero los récords serán mejores… y en lugar de una hipócrita sensación de castidad olímpica, el show será transparente.

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