17 March 2003
Thomas Jefferson no era Catalán
Mass media - Articles XSM
La Vanguardia
  
 

Tags: Capitalism | Catalunya | Spain

En uno de los descansos del curso que di el verano pasado en la Menéndez Pelayo, una estudiante me preguntó cómo podía ser que todavía tuviera acento catalán después de vivir casi 20 años en Estados Unidos. La verdad es que me quedé atónito, y no porque creyera que la chica (que, por cierto, tenía acento sevillano) quisiera insultarme. Me quedé de piedra porque su curiosidad reflejaba la creencia de que el acento catalán no es “normal”. Al menos no como el madrileño, extremeño o andaluz. Al fin y al cabo, no creo que esperara que un andaluz, tras 20 años en el extranjero, regresara con acento de... ¡Valladolid!. Para ella, tener acento catalán era equivalente a hablar mal el español. Y es que los catalanes tenemos la manía de utilizar esa “otra” lengua peculiar que nos impide hablar “correctamente” el castellano y, claro, esa “enfermedad” se debe curar estando lejos de Catalunya.

Tras ese episodio, he ido observando que son muchos los españoles que creen que ser catalán es una dolencia que nos nubla el cerebro y que, no sólo distorsiona nuestra parla, sino que a menudo nos impide razonar. La enfermedad se convierte en patológica si uno, además de ser catalán, es catalanista. Un ejemplo reciente lo tenemos en el artículo “Algunas Falacias Económicas” publicado en este periódico el 3 de marzo por el profesor Rafael Dobado González (el artículo era un resumen de otro más amplio llamado “Algunas Falacias de Ciertos Nacionalismos”). El autor se sorprende al ver como un “economista internacional y merecidamente famoso como el profesor Sala i Martín” (gracias por los piropos) relegue su “componente racional, liberal y cosmopolita a favor del sentimental, identitario y particularista” cuando hablo de la relación fiscal entre Catalunya y España. Es decir, cuando escribo sobre crecimiento, macroeconomía, paro, finanzas internacionales o desarrollo económico soy, según él, “una inteligencia económica de primera fila”. Pero cuando escribo sobre Catalunya, mi mente se ofusca con el mismo virus sentimental que me provoca el acento y me obliga a hablar desde los “prejuicios ideológicos”.

El señor Dobado critica mi artículo “Una, Grande y Libre” publicado en La Vanguardia hace casi dos años (sí, sí, dos años; y es que, a la hora de razonar, unos son más rápidos y otros menos). Pues bien, don Rafael dice que mis escritos son falaciosos porque (a) la región con mayor déficit fiscal no es Catalunya sino Madrid y (b) la región más rica de España no es Catalunya sino Madrid.

Vayamos por partes. El déficit fiscal regional estima la diferencia entre los impuestos que pagan los ciudadanos de cada región y los gastos públicos que corresponden a esa comunidad. Uno de los problemas estadísticos estriba en asignar los gastos que se realizan en la capital pero que benefician a todas las comunidades. Por ejemplo, se podría decir que el ministerio de educación beneficia a todos los españoles y, por lo tanto, el salario del ministro se debe asignar equitativamente a todas las regiones. Calculado así, el saldo fiscal de Madrid durante los años noventa es, efectivamente, más negativo que el de Catalunya (204.000 pesetas por habitante para Madrid y 139.000 para Catalunya, según el estudio de Barberán, Bosch, Castells, Espasa y Rodrigo). Pero uno podría decir con igual rigor que el salario del ministro se gasta en Madrid y, por lo tanto, beneficia “monetariamente” a restaurantes, gasolineras y tiendas madrileños, por lo que debería ser imputado a esa comunidad. Si se calcula de esa manera, el déficit madrileño pasa a ser de 49.000 pesetas por habitante mientras que el catalán sube a 173.000. Curiosamente, el señor Dobado ignora el análisis monetario. Uno se pregunta si con ello incurre en algún tipo de falacia “sentimental, indentitaria y particularista”.

Segundo, es cierto que Madrid, en la actualidad, tiene una renta per cápita más alta que Catalunya. ¡Sólo faltaría! Después de décadas de realizar el 8,5% de las inversiones españolas en Catalunya cuando la media de población recomendaría el 16%, es normal que ésta no haya crecido a su ritmo potencial. La política de inversiones públicas de los sucesivos gobiernos del estado ha sido profundamente radial y discriminatoria hacia la periferia. Y eso no lo digo yo, ¡lo dicen entidades tan poco sospechosas de padecer el virus catalanista como el Círculo de Economía! Es como si el Sheriff de Nottingham, después de confiscar la riqueza de todos los ciudadanos e invertirla en el centro de Sherwood, dijera airado que nadie tiene derecho a quejarse porque, al fin y al cabo, ¡la zona centro es la más rica del bosque!

Lo que me lleva al último punto. El señor Dobado me acusa de ser contradictorio porque “un liberal como yo” no debería estar a favor de la “independencia”, ni aunque lo quieran la mayoría de sus ciudadanos. Aquí don Rafael demuestra un gran desconocimiento. Le recordaré simplemente lo que escribió uno de los padres del liberalismo del siglo XVIII: “cuando el estado no contribuye a garantizar el derecho a la consecución de la felicidad ... el pueblo tiene el derecho, mejor dicho, la obligación de cambiarlo”. Lo escribía Thomas Jefferson (por cierto, tras quejarse del trato fiscal que recibían por parte de Inglaterra), en la declaración de independencia (repito, independencia) de los Estados Unidos.

Resumiendo, cuando lo dice Jefferson, forma parte del liberalismo clásico; cuando lo digo yo, se trata de una “falacia nacionalista”. Supongo que es porque Thomas Jefferson no era catalán.

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