06 December 2002
Infausto anticapitalismo populista
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La Vanguardia
  
 

Tags: Capitalism | International

Escribo este artículo desde la playa de Copacabana en Rio de Janeiro, donde la asombrosa habilidad de los jugadores de fútbol-playa certifica por qué Brasil es la pentacampeona del mundo. Ni los futbolistas, ni los surfers, ni los bañistas parecen muy adinerados, pero se respira un ambiente de optimismo: José Ignacio (Lula) da Silva acaba de ganar las elecciones y todos creen que su situación va a mejorar.

Desde fuera, muchos somos también los que, a pesar de no comulgar con su ideario, celebramos su victoria. Primero, porque una democracia no es tal si las”izquierdas” no pueden mandar sin que degeneren en un populismo Chavista o sin que haya un golpe de estado. Y segundo, porque hay reformas que solo pueden llevar a cabo las “izquierdas”: si la derecha liberaliza el mercado, se convoca huelga general y si lo hace la izquierda, no. Eso se vio claramente en la España de Felipe González.

El problema es que el optimismo no se corresponde con la situación real del Brasil cuya economía se encuentra en la cuerda floja. En parte, el problema es la coyuntura internacional: no han ayudado ni la desaceleración mundial, ni la caída de los precios de materias primas, ni el miedo a invertir en países emergentes como consecuencia del impago de Rusia en 1998. Tampoco ayuda que las instituciones públicas sigan siendo ineficientes, la burocracia siga siendo un lastre y la economía siga protegida y cerrada al comercio exterior, a pesar de las reformas del gobierno de Cardoso.

Ahora bien, el principal problema de Brasil es de tipo fiscal: la deuda pública ha pasado del 30% al 60% del PIB en los ocho últimos años, a pesar de que el gobierno ha ingresado ingentes cantidades de dólares de las privatizaciones que nadie sabe dónde han ido a parar. Una deuda del 60% es sostenible en una economía desarrollada de Europa, pero es fatídica en un país incapaz de recaudar impuestos por la rampante evasión fiscal (el otro gran deporte nacional) o de generar divisas a través de la exportación.

La estructura de la deuda de Brasil tiene dos características perniciosas. La primera es que está en dólares y con intereses variables. Eso es un doble problema porque cuando sube el dólar como lo está haciendo, la deuda en reales se multiplica y cuando los acreedores creen que el gobierno no pagará los intereses, suben la prima de riesgo hasta el 25% (y lo pueden hacer porque los intereses son variables)... y la deuda se hace impagable.

¡Pues que no se pague!, dirán aquellos que creen que la solución a todos los problemas es la cancelación de la deuda. Ahí es donde entra la segunda característica: la deuda pública no está en manos extranjeras sino de bancos e inversores locales. El impago provocaría la insolvencia del sistema financiero, el cierre de los bancos y la paralización de la inversión. La consecuencia sería una recesión sin precedentes y el desempleo masivo. Sólo hay que retroceder unos meses para ver que eso es exactamente lo que ha sucedido en Argentina ... ¡y los peor parados han sido los pobres!

La tragedia, pues, sólo se puede evitar haciendo que la deuda sea sostenible ganando la confianza de los acreedores. Para ello, el presidente Da Silva debe seguir la línea moderada y sensata que apuntó como candidato y que está apuntando durante la transición, sin volver al marxismo radical que le hizo perder las anteriores elecciones. Tampoco iría mal que la comunidad internacional, a través del FMI, concediera un gran crédito que indique que se está dispuesto a apostar fuerte por Brasil. Y no me refiero a los 30.000 millones de dólares que ya ha prometido. Me refiero a una ayuda que ronde el 20% del PIB, la proporción que ha servido para que Turquía y Uruguay salieran del paso. Claro que el 20% del PIB brasileño son 120 mil millones de dólares, cantidad que representaría el mayor desembolso de la historia del FMI. Si la asistencia no puede ser de esa magnitud, mejor será que no se conceda nada. Una ayuda menor sólo haría aumentar la deuda externa del país y aplazar la crisis unas semanas... como ya sucedió en Argentina a finales del 2001. En el mundo de las finanzas internacionales, las cosas a medias no funcionan.

Dado que no parece probable que el FMI dé un crédito de esa envergadura, el presidente Lula debería actuar bajo el supuesto de que no la tendrá. Su única estrategia en ese caso, es conseguir un gran consenso con todas las fuerzas políticas y sociales pidiendo el sacrificio común a corto plazo para alcanzar crecimiento a medio plazo: los banqueros deben renegociar la deuda y no cobrar tipos de interés del 25%, los evasores fiscales -entre los que destacan los futbolistas brasileños que juegan en Europa- deben pagar sus impuestos, el partido de Cardoso no debería embarcarse en una oposición destructiva y, sobre todo, los seguidores de Lula deben entender que la mayor parte de las promesas electorales -empezando por la subida del 100% de los salarios mínimos- no se podrá hacer realidad, al menos hasta que la economía haya salido del pozo.

En este sentido, el presidente Lula debe hacer un gran esfuerzo pedagógico para explicar a sus seguidores por qué se van a incumplir las promesas que tanta euforia han generado en Brasil. Si no lo hace, el optimismo dará paso al desengaño y las esperanzas que todos tenemos ahora de que, por fin, un partido de izquierdas gobierne bien en América Latina se desvanecerán, abriendo de nuevo las puertas a eso que tanto daño ha hecho y está haciendo en el continente: el infausto anticapitalismo populista.

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