17 October 2001
Arcángeles altamente exagerados
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La Vanguardia
  
 

Tags: Capitalism

Decía John Maynard Keynes que “a largo plazo, todos muertos”. Y, estrictamente hablando, tenía toda la razón: Keynes está muerto. Pero su muerte física no significa que su pensamiento desapareciera con él. Al contrario. La mayoría de los economistas siguen estando de acuerdo con sus postulados. Digo esto porque, después del 11 de septiembre, han aparecido en la prensa popular numerosos profetas anunciando su resurrección y, con ella, la muerte del liberalismo económico.

El argumento utilizado es más o menos el siguiente: después de los atentados, el presidente Bush decidió aumentar el gasto público para reconstruir Manhattan, financiar la guerra, salvar a las líneas aéreas y reactivar la economía. Simultáneamente, algunos países europeos han abandonado su política de austeridad y han pasado a tener déficits fiscales. Dado que Keynes decía que la mejor manera de sacar a una economía de la crisis era aumentar temporalmente el gasto público y el déficit fiscal (combinación que los economistas llamamos “política fiscal expansiva”), se deduce que nuestros gobiernos se están “comportando keynesianamente”. Y como “todos sabemos” que los keynesianos no son liberales, la resurrección del keynesianismo significa la muerte del liberalismo. Lógico, ¿no?

Pues  no. De hecho, este argumento contiene no uno sino dos gravísimos errores conceptuales. Primero, el hecho de que los gobiernos aumenten el gasto y mantengan déficits no significa que se “comporten keynesianamente” porque, en épocas de crisis como la que vivimos, ¡los economistas no keynesianos también dicen que eso es exactamente lo que hay que hacer! Por ejemplo, Robert Barro, uno de los líderes del pensamiento “clásico” ha demostrado que, lo peor que puede hacer el gobierno en épocas de dificultades como pueden ser recesiones, guerras y grandes desastres, es aumentar los impuestos. Si los impuestos no suben, la caída de la actividad que se produce durante una crisis reduce necesariamente la recaudación fiscal y se crean déficits. Y si los impuestos no suben, los deseables aumentos temporales (repito, temporales) del gasto militar o asistencial que se producen durante las guerras o los desastres naturales, también generan déficits.

Notará el lector que, en la actualidad, coinciden las tres circunstancias adversas que acabo de mencionar: una recesión, un gran desastre terrorista y una guerra. Por consiguiente, los economistas clásicos como Barro coinciden con los keynesianos en recomendar a nuestros gobiernos que ¡aumenten temporalmente el gasto público y mantengan un déficit fiscal! (El consenso entre las dos escuelas de pensamiento económico va incluso más allá ya que ambas predicen que esa política ayudará a la economía a salir de la recesión). Por cierto, y dicho sea de paso, este consenso también implica que los políticos de Madrid que siguen obsesionados con el “déficit cero siempre y en todas partes” están en franca minoría intelectual... pero de ellos hablaremos otro día.

El segundo error conceptual consiste en pensar que “todos los keynesianos son no liberales”. En realidad, sin embargo, se puede creer que la mayoría de empresas públicas deberían desaparecer, que el gobierno no debería subsidiar la agricultura, la televisión o el baile flamenco, que no debería dictar los horarios comerciales o laborales o que debería gastar menos del 30% del PIB y, al mismo tiempo, pensar que es bueno mantener una política fiscal temporalmente expansiva en época de recesión. Porque una cosa es el tamaño del sector público a largo plazo y otra muy distinta que el gasto público pueda subir o bajar (temporalmente) en función de si la economía está en crisis o no. Se puede, en definitiva, ser liberal y keynesiano. De hecho, entre los muchos economistas famosos que entran en esa categoría se encuentra Gregory Mankiw quien, a pesar de ser el padre del “nuevo keynesianismo” moderno, critica constantemente la excesiva intervención del gobierno en la economía e incluso dice estar en contra de, entre otras cosas, ¡el salario mínimo!.

Vemos, pues, que los arcángeles, querubines y demás mensajeros celestiales que han venido a anunciarnos la defunción del liberalismo, viven en las nubes (como todos los arcángeles, supongo) envueltos en un velo de preocupante ignorancia sobre los postulados de las escuelas del pensamiento económico moderno y parecen sufrir recurrentes alucinaciones keynesianas.

En medio de todo esto, eso sí, los políticos intervencionistas aprovecharán para intentar colarnos su tradicional abanico de subsidios inútiles y, una vez acabada la crisis, intentarán que el gasto público permanezca a niveles elevados a base de crear nuevos proyectos superfluos que, según nos dirán, se “pueden financiar con el dinero que ya no gastamos en la guerra”. Y eso es lo que se debe evitar a toda costa. Los subsidios innecesarios deben ser denegados, incluso en épocas de crisis.(*) Y la actual expansión fiscal debe ser temporal: cuando la situación vuelva a la normalidad, el gasto público deberá volver a los niveles de antes y el déficit deberá desaparecer.

Los derrochadores patológicos del sector público siguen siendo perjudiciales para la economía, incluso después del 11 de septiembre. Y la mejor vacuna contra ellos ha sido, es y seguirá siendo el pensamiento liberal. Por más que digan los aprendices de arcángel, el liberalismo goza de una excelente salud intelectual y, parafraseando a Mark Twain, puede decir tranquilo: “el anuncio de mi muerte ha sido altamente exagerado”.


NOTA:
(*) Uno de los subsidios inútiles que parece que ya se han concedido es el de las líneas aéreas. Esa ayuda es un error que parece responder más a la influencia política que ese sector tiene sobre nuestros gobiernos que a otra cosa. Las compañías aéreas forman un oligopolio que se debería haber liberalizado hace tiempo, maltratan a los clientes de una manera vergonzosa y son un nido de engreídos pilotos que no dudan en chantajearnos con sus perjudiciales huelgas. Es posible que las líneas aéreas tengan problemas económicos a raíz de los atentados de Manhattan. Muchos otras empresas también los tendrán y no tendrán subsidios. Si el gobierno cree que es absolutamente necesario ayudar a esas compañías por cuestiones estratégicas, las ayudas deberían estar ligadas a  contrapartidas en forma de más competencia, mejores servicios y menos huelgas.

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