17 October 2000
La sanidad de la productividad
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La Vanguardia
  
 

Tags: Capitalism | International | Spain

Dicen algunos observadores que el crecimiento de la economía española no es sano porque no viene acompañado de aumentos de la  productividad. En Estados Unidos, la creciente productividad permite a las empresas aumentar salarios sin tener que repercutirlos en los precios. Y eso es sano. En España, cualquier incremento salarial genera inflación. Y eso NO es sano. La explicación, según los expertos (en sanidad), es que el gobierno gasta demasiado poco en la investigación de nuevas tecnologías.

Si los datos de productividad fueran ciertos, los expertos tendrían parte de razón. El problema es que esos datos son como los números complejos: mitad reales y mitad imaginarios.

La medición de la productividad del trabajo, que se define como la producción media por trabajador, plantea multitud de problemas de los que destacaré dos. En primer lugar, hay que tener en cuenta que no todos los trabajadores son iguales y que, cuando se emplea a un trabajador poco cualificado, la productividad media tiende a bajar. Este factor es importante porque el reciente ciclo económico español se ha caracterizado por una espectacular reducción del desempleo. Si, como es de esperar, los que estaban parados eran menos productivos, su contratación tiende a reducir la productividad media, sin que ello tenga nada que ver con las nuevas tecnologías. Naturalmente, esta situación no es mala ya que la alternativa hubiera sido crecer sin crear empleo. Y quien ahora critica al gobierno por generar crecimiento con empleo y sin productividad, lo hubiera criticado todavía más si el crecimiento hubiera sido con productividad pero sin empleo (¡Imagínense como acusarían al ministro de favorecer a sus amigos si creciera la renta pero no la ocupación!). Los protestantes sistemáticos deben ser ignorados.

El segundo problema es que el cálculo de la producción real es cada vez más difícil. Si la economía elaboró 100 toneladas de patatas en 1990 y 110 en el 2000, está claro que la producción subió en un 10%. Hasta aquí no hay problema. La cosa se complica cuando la calidad de los bienes mejora con el tiempo: si se fabricaron 100.000 coches en el 90 y 110.000 en el año 2000, el número de coches subió en un 10%. Ahora bien, la “producción”, es decir, la cantidad de “bienes y servicios disponibles en la economía”, aumentó un poco más ya que, a diferencia de las patatas, los coches del 2000 tenían una calidad muy superior y, en consecuencia, los servicios que generaron fueron mucho mayores. Es decir, las estadísticas que no tienen en cuenta los cambios de calidad tienden a subestimar el crecimiento real de la producción y de la productividad. No hace falta decir que este problema es especialmente grave en momentos de grandes cambios tecnológicos como los actuales. A raíz del informe Boskin, los Estados Unidos introdujeron correcciones en sus estadísticas. Un estudio de Morgan Stanley estima que, si se utilizara la metodología americana en Europa, la productividad estimada subiría en un 0,5%, cosa que representaría una importante revisión. La productividad real española, pues, podría ser mucho mayor de lo que indican las estadísticas oficiales (y digo “podría” porque el siempre misterioso INE no explica exactamente como corrige esos sesgos en las estadísticas españolas).

Los datos siempre son ilustrativos, pero la incertidumbre que rodea alguna de las estadísticas que se manejan, aconseja moderación a la hora de tomar grandes decisiones de política económica. A pesar de ello, algunos observadores las utilizan para exigir que el gobierno financie elevadas inversiones en I+D. Y aquí vuelven a equivocarse.

Los grandes beneficiarios de las revoluciones tecnológicas no son los inventores sino los usuarios. Se podría decir que la última gran revolución fue la que motivó la electricidad a principios del siglo XX. Es evidente que los países que han crecido desde entonces, no son solo los que inventaron la electricidad (si fuera así, ¡solamente los Estados Unidos serían ricos!), sino todos los que fueron capaces de adaptar sus economías para poder utilizarla de forma generalizada.

De la misma manera, el hecho que el teléfono móvil, el internet, los programas Windows o el ordenador personal no se descubrieran en Barcelona, no impide que gran parte de nuestra población utilice diariamente estos inventos y que nuestras empresas no puedan experimentar mejoras de productividad gracias a estos ingenios. No perder el tren de las tecnologías no significa inventarlas, sino asegurarse que se tiene la capacidad de usarlas y beneficiarse de ellas.

Y para ello se necesitan tres cosas: infraestructuras modernas, un entorno empresarial y fiscal que incentive a las empresas a invertir y, quizá lo más importante, trabajadores formados. Este último factor es muy importante porque la tecnología y el capital humano tienden a ser complementarios. En este sentido, políticas educativas tenderán a dar mejores resultados que políticas que dilapiden millones en  I+D. Primero, porque cuantos más trabajadores puedan utilizar las nuevas tecnologías, más productivo y rico será el país en general. Y segundo, porque las disparidades salariales entre los que sean capaces de adaptarse y los que no, aumentarán irremediablemente. Para evitarlo, debemos concentrar nuestra atención en la enseñanza. Debemos reformar el sistema educativo para lograr que nuestros estudiantes no sólo aprendan, sino que aprendan a aprender: el proceso de formación en un mundo cambiante nunca se acaba y los trabajadores deben estar preparados para ello.

Podemos dejar que Bill Gates siga inventando nuestro software. Lo que no podemos permitir es que nuestros niños crezcan sin estar adaptados al nuevo mundo de las tecnologías de la información. Eso sí sería poco sano.

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