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07 June 2012

SIDA en África

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(a raíz del concierto contra el SIDA que tendrá lugar en Barcelona mañana, reproduzco aquí un trozo de un discurso que pronuncié hace años en Madrid, discurso que mantiene toda su relevancia en los temas de salud pública). Click aquí para leer el discurso entero (es largo!)

 

Salud Pública

Un segundo elemento distingue a África del resto de los continentes: la salud pública. En las zonas tropicales está resurgiendo la plaga de la malaria (después de décadas en que estuvo a punto de ser erradicada gracias a la utilización de DDT, un insecticida que parecía funcionar pero que pasó a ser el blanco de movimientos ecologistas hasta que su prohibición se generalizó). Últimamente, el mosquito transmisor anófeles gambiae está desarrollando resistencia a los pesticidas y el protozoo que causa la enfermedad, el plasmodio, está desarrollando resistencia a tratamientos tradicionales como la quinina. La combinación de estos dos factores hace que los índices de malaria se hayan vuelto a disparar en los últimos años.

A eso hay que sumar la aparición del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (el SIDA), que tiene una gran incidencia en el sur del continente (Botswana, Sudáfrica, Lesotho, Namibia, Swazilandia y Mozambique perecen tener incidencias de cerca del 30% de la población). A diferencia de lo que ocurre en los países ricos, los pacientes africanos no tienden a ser ni homosexuales ni drogadictos sino heterosexuales (mayoritariamente mujeres) que no utilizan jeringuillas y que transmiten el virus HIV a través del contacto (hetero)sexual.

Las consecuencias económicas de la pandemia del SIDA y la malaria son incalculables: 14 millones de huérfanos de SIDA deambulan por África sin la ayuda (económica y moral) que dan los padres; la esperanza de vida vuelve a subir después del progreso hecho durante el último siglo y eso reduce los incentivos de los ciudadanos a estudiar, a ahorrar e invertir; las empresas abandonan el continente debido al elevado coste de educar a una mano de obra que no llegará a la edad de 30 años; la sanidad acaba devorando el dinero del erario público y reduciendo la capacidad de invertir en necesarias infraestructuras. La malaria y el SIDA tienen, en definitiva, efectos económicos negativos que van mucho más allá del simple problema sanitario.

Y aquí es donde debemos darnos cuenta que los países africanos necesitan la ayuda internacional. En general, yo siempre he sido partidario de la autoayuda como motor del crecimiento económico ya que ningún país en la historia de la humanidad ha salido de la pobreza solamente a base de la ayuda y la mendicidad. Pero la situación africana actual es muy distinta porque los africanos no tienen la tecnología biomédica ni el capital humano necesarios para afrontar el grave problema de salud pública al que se enfrentan. Un país como Mozambique, con una población de 18 millones de habitantes 30% pueden estar infectados con el virus que causa el SIDA, tiene un total de 40 médicos. La industria farmacéutica africana es inexistente. A corto plazo, la falta de capital humano se puede paliar parcialmente con actuaciones como las de Médicos sin Fronteras. A medio plazo, los países ricos deberíamos dar, abrir y facilitar el acceso de jóvenes africanos a nuestras facultados de medicina. Pero a la larga, la única solución es el descubrimiento de vacunas o medicinas que curen esas enfermedades.

Parece mentira que los científicos hayan sido incapaces de descubrir una vacuna contra la malaria después de tantos años.[1] Una explicación es que los científicos son más inútiles de lo que parece. Homer Simpson mostraba su escepticismo por la ciencia cuando, al encontrarse a un profesor le espetó: “Si sois tan listos y podéis ir a la luna, ¿Por qué no podéis conseguir que no me huelan los zapatos?”. Es decir, si lográis descubrir cosas tan complicadas como naves espaciales que visitan otras galaxias y envían fotografías a nuestro planeta, ¿cómo es que no podemos solucionar un problema que se transmite con la picadura de un mosquito? Normalmente estoy de acuerdo con el gran Homer, pero en esta ocasión no creo que se trate de incapacidad científica sino de incentivos económicos. No se ha descubierto una vacuna contra la malaria porque afecta únicamente a países tropicales[2], países que, con pocas excepciones[3] son pobres. Al afectar principalmente a países pobres, el negocio que las farmacéuticas pueden esperar de invertir en soluciones al problema de la malaria es diminuto.

El problema del SIDA es parecido. Aunque empezó en Estados Unidos a principios de los ochenta y aunque pronto se extendió a Europa, el 95% de los infectados por el virus HIV actualmente se encuentra en países subdesarrollados, la mayor parte de ellos en África. En Europa y EEUU se han encontrado maneras de evitar que las víctimas del HVI desarrollen SIDA a base de utilizar cócteles de pastillas antirretrovirales. El problema es que el virus HIV muta muy rápidamente y, por lo tanto, requiere un control y seguimiento médico muy estricto para asignar el cóctel de pastillas exacto para cada cliente en cada momento del tiempo. El tratamiento antirretroviral que funciona en Europa o Estados Unidos, pues, no es viable en países donde la escasez de médicos es notable y, en particular, es inviable en África. Un segundo problema derivado de la rápida mutación del virus del SIDA es que el tipo de virus que actualmente infecta en África no es el mismo que el que se encuentra en los países desarrollados. Eso quiere decir que los ciudadanos africanos podrían no beneficiarse de las potenciales soluciones que se encuentren en el primer mundo.

Tenemos, pues, que dos de las pandemias actuales (SIDA y malaria) afectan principalmente a los países pobres. El problema es que quien está mejor equipado para desarrollar soluciones biomédicas es la industria farmacéutica y ésta no lo va ha hacer por sí sola si no ve los beneficios económicos. Tenemos que encontrar, pues, una solución que compagine el interés de la industria con el interés de la sociedad. Un grupo de economistas liderados por Michael Kremer (entre paréntesis, un ex-alumno mío), propuso la creación de un fondo de dinero que se debía utilizar para garantizar a los investigadores que se comprarían miles de millones de vacunes a precio de mercado. Las vacunas serían consiguientemente regaladas a los pacientes africanos que no pudieran pagar el precio. De esta manera, se daría los incentivos necesarios para que las empresas dedicaran recursos a la investigación de soluciones biomédicas a la Malaria y el SIDA y, por otro lado, se conseguiría garantizar el acceso a las vacunas a los ciudadanos más pobres del continente africano. Inicialmente la idea se acogió con frialdad, pero pronto Bill Gates puso millones de dólares en al fondo. En 2001, la ONU adoptó (parcialmente) la idea y creó el “Global Fund for AIDS, TB and Malaria”.  Tras un lento despegue el fondo ha acumulado ya cerca de 5.000 millones de dólares con la colaboración de algunos gobiernos y, sobre todo, filántropos privados entre los que destaca la Bill and Melinda Gates Foundation, a los que últimamente se han sumado personajes significativos como el cantante de U2 Bono. El fondo de las Naciones Unidas se está utilizando para incentivar la investigación, pero también para generalizar los tratamientos antiretrovirales en amplias zonas del continente. Hace solamente un par de meses, la Malaria Vaccine Initiative (financiada por la Gates Foundation) encontró una vacuna candidata que parece reducir la incidencia de malaria en niños de entre 1 y 4 años.

No hace mucho estaba en Lesotho intentando explicar a los niños y niñas de una escuela primaria de Mokhotlong que ellos eran el futuro del país, el futuro del continente. Una niña de 12 años que no llevaba uniforme porque seguramente no lo podía pagar, levantó la mano y con una sonrisa seductora, me dijo: “Profesor, quizá en su país los niños representen el futuro. En África, somos el presente”.

 

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[1]  Es interesante recordar que la malaria es un problema milenario que ha tenido un gran impacto económico a través de los años. A finales del siglo XIX, los Estados Unidos tuvieron que desistir de construir el canal de Panamá porque esa enfermedad mataba a los trabajadores. En 1904 volvieron a la carga pero sólo después de drenar los lagos de agua dulce, de exterminar las larvas de mosquitos, de poner mosquiteras en todas casas habitadas por trabajadores y de proveer de quinina a todos los trabajadores.

 

[2]  En los países no tropicales no puede haber malaria porque el número de días que vive un mosquito depende de la humedad y de la temperatura. En países no tropicales la esperanza de vida de los mosquitos que transmiten la malaria (los mosquitos anófeles) es inferior al ciclo reproductor del protozoo plasmodio por lo que, una vez el mosquito ha picado a una persona infectada, su corta esperanza de vida no permite que el plasmodio se reproduzca en su interior antes de volver a picar y, por lo tanto, la malaria no se puede contagiar en esos países.

 

[3]  La excepciones son Hong Kong y Singapur que tienen una población total de unos 10 millones. Bueno, en realidad también está Brunei, pero ese es un país diminuto habitado por el Sultan y sus múltiples esposas e hijos, que suman un total de 320.000 personas.

 

 

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INTRODUCTORY NOTE

Starting January 30, 2012, I decided to put the random (economic) thoughts that I was posting on Facebook, in a blog. In this site you will be able to read all Facebook notes going back to 2008, (without my Friend’s comments, unfortunately), but we will only maintain the new thoughts. If you want to check out the old comments, they are still posted on Facebook. If you want to comment on them, you have two options (1) Become a Facebook Subscriber. Since all the posts will also appear in Facebook, you will be able to comment there. (2) Comment on Twitter, as each post will also be announced in Twitter.

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